LA IDEA DETRÁS DE MOVILINGUAS
Esta historia comenzó con un simple video en inglés de 5 minutos.
Era sobre dopamina y, cuando me lo envió, mi hermano Thomas me advirtió que estaba en inglés.
Su comentario me incomodó, pues estaba suponiendo que yo tendría problemas para entenderlo.
¡Y acertó, pues solo entendí la mitad!
Molesto conmigo mismo, me prometí repasar el video cada día hasta entenderlo al 100%. Tomara el tiempo que me tomara.
A las dos semanas ya me lo sabía casi de memoria. Para no aburrirme, empecé a imitar la voz del ponente, el científico norteamericano Robert Sapolsky.
A la cuarta semana ya podía acompañar su voz en paralelo imitando toda su prosodia: acento, inflexiones, pronunciación, pausas. Entonces empezó la magia.
De pronto, el inglés se me había vuelto más fácil de pronunciar y entender, y mi vocabulario se había ampliado notablemente. Lo mismo que mi sentido para la gramática.
Pensé que había descubierto una técnica y la llamé «Remedeo»-, pero ya existía una versión simple llamada Shadowing (imitación frase por frase, no en paralelo).
Por ello también llamo a la mía «Live-Shadowing».
Asombrado, empecé a usarla con mis alumnos, obteniendo inmediatos beneficios, sobre todo para su fluidez.
Así, basándome en las novedades de la neurociencia y en mi propia experiencia con seis idiomas, fui desarrollando un entrenamiento para volverse fluido en cualquier lengua.
Y eso independientemente del vocabulario que uno domine.
Los niños son el mejor ejemplo de ello: siempre hablan fluido, a pesar de que su vocabulario es limitado y está creciendo todo el tiempo.
Ellos no esperan llegar a cierto ‘nivel’ para hablar fluido.
Ahora bien, sospecho que lo que descubrí como entrenador de fluidez no es una teoría sobre los idiomas, sino una teoría sobre el aprendizaje en general.
Me explico.
EL CEREBRO ES UN AVARO ENERGÉTICO
Mi hipótesis o sospecha central es que el cerebro solo aprende por una razón:
Para ahorrar energía.
No porque uno quiera, se obligue a aprender, deba o se lo proponga.
El cerebro aprende para poder mantenernos vivos: y eso requiere optimizar nuestro consumo energético.
Aparte de hacer funcionar nuestro cuerpo, tiene que administrar todo de tal forma que siempre tengamos la energía necesaria.
El problema es que el cerebro solo representa el 2% del peso corporal, pero consume el 20% de la energía total.
Es decir, tiene que ser un avaro energético: pues nunca se puede apagar, está obligado a una búsqueda constante de comida y, cada caloría que usa, es una menos para el resto del organismo.
Por ello, su meta constante es alcanzar un estado de «paz energética», sin el riesgo de gastar energía innecesariamente.
Sospecho que por eso ha ‘ideado’ una estrategia casi infalible:
Hacer adicción de nuestra llamada «zona de confort», aquella en que hacer las cosas no nos cuesta nada, nos sentimos cómodos y, por lo tanto, no deseamos abandonar.
Eso explica por qué es tan difícil cambiar, asumir nuevos hábitos o retos, aprender nuevas habilidades y alcanzar ciertas metas:
Porque el cerebro las ve como una amenaza para su «paz energética» y nos hace sentir como un adicto sin su droga.
Visto así, la solución más efectiva es tan cruda como las que se aplican a las adicciones: empezar por cambios mínimos (1) pero constantes (2).
Con su nimiedad (1) garantizamos que el cerebro no los vea como una amenaza importante.
Con su constancia (2), conseguimos que empiece a hacer cambios estructurales para alcanzar una nueva «paz energética».
La constancia o persistencia tiene otro efecto:
Le recuerda y convence una y otra vez al cerebro de la relevancia de la nueva tarea. Así, una vez asumido el reto, el proceso se vuelve irreversible y el cerebro aprenderá para ahorrar energía.
Faltaría un detalle:
Como mostró el experimento de Curt Richter con las ratas, una vez que nos hemos embarcado en la nueva tarea, el hecho de saber que el esfuerzo tiene un final cambia la actitud del cerebro.
Si no tuviera un final, el cerebro se rendiría por desesperanza, no por agotamiento físico, como en el caso de las ratas de Richter.
De ahí la importancia de cierta motivación interna, por pequeña que sea.
Esta es la idea principal de mi método, que he aplicado tanto para aprender a malabarear y hacer fluidas mis seis lenguas, como para montar en monociclo y, actualmente, aprender tres idiomas desde cero al mismo tiempo:
Ruso, chino y griego.
¿Por qué podría interesarte, lector o lectora?
Porque aprender más o menos cualquier cosa ya no depende de tu fuerza de voluntad ni de tu talento. Solo de crear las condiciones para que tu cerebro se adapte a su nueva realidad energética.
Con los idiomas recomiendo empezar por los sonidos, como hacen los bebés y luego pasar a la pronunciación.
Si no movemos la boca no habrá nada (de ahí el nombre Movi-Linguas):
Será como querer volverse maratonista solo viendo videos de maratones.
También recomiendo aprovechar al máximo una característica poco conocida del cerebro: su capacidad estadística innata.
El cerebro es una máquina predictiva incansable: está prediciendo todo el tiempo. Cada día hace miles de predicciones.
Que el suelo va seguir en su sitio cuando demos el siguiente paso, que el vaso que levantamos se quedará en nuestra mano e incluso cómo van a terminar sus frases las personas que nos hablan.
Todas esas predicciones se hacen inconscientemente y no las notamos.
Predecir es uno de los principios más fundamentales de todo sistema nervioso.
Desde la bacteria más simple hasta el mamífero más complejo, todo ser viviente debe anticiparse a los problemas (carencias) antes de que sea demasiado tarde.
El futuro aún no ha sucedido, pero tiene que decidir qué hacer, adónde ir, qué riesgos tomar, dónde comer.
Un cerebro que sepa anticiparse y adaptarse, tendrá una inmensa ventaja sobre aquellos que se contentan con lo que hay.
Como no puede saber el futuro, el cerebro hace una predicción de él y luego la corrige de ser necesario.
Para ello se vale de una virtud oculta: es un calculador de probabilidades implacable.
Por otro lado, si para predecir el divorcio de una pareja no es lo mismo basarse en una muestra estadística de 5 parejas que en una de 50.000; de la misma manera, a mayor cantidad de datos, mejores predicciones hará el cerebro.
Esto, que parece contraintuitivo, especialmente en los idiomas, es lo que hace un bebé cuando aprende a caminar, a correr y a hablar.
Un bebé no va al Nivel A1 de español.
De golpe, se ve confrontado con diferentes tipos de voces, géneros, temas, tiempos verbales, vocabularios y contextos. Todo mezclado e impredecible.
Nadie va de visita con su bebé y pide que no hablen en futuro, porque el niño o niña aún no sabe ese tiempo verbal. O sobre política porque no domina el vocabulario.
Lo mismo cuando empieza a caminar: no lo hace con ejercicios parciales. Simplemente trata el todo.
Y ese «todo» es tan complejo que, no solo intervienen más de 200 músculos de forma simultánea, sino que incluso la robótica aún no lo puede imitar exactamente.
De ahí mi propuesta de no aprender de forma estructurada o por ‘niveles’, sino de enfrentarse a la mayor cantidad posible de información: videos, audios, voces, temas, contextos y textos.
Puede resultar abrumador, especialmente si lo comparamos con los sistemas tradicionales de aprendizaje, pero es la forma natural en que hemos aprendido casi todo.
Acabo de comprobarlo con el monociclo.
Hacía mucho que me rondaba la idea de aprender a montarlo antes de cumplir los 70, así que empecé en junio de este año.
Yo no lo veía, pero sabía que al comienzo el cerebro solo se ocuparía de reconocer el «sistema»: qué pasaba cuando me movía hacia un lado, giraba o variaba la posición de mi cuerpo.
Solo tenía que dejarlo jugar y probar, por así decir.
También sabía que poco a poco empezaría a reconocer patrones, hasta que llegaría el momento en que sería capaz de mantenerme en equilibrio sin apoyos ni ayuda.
Me ha tomado casi 4 semanas conseguirlo.
Y podría decirse que no hice «nada»:
Solo dejar que el cerebro jugara, probara, sacara sus cálculos, sin mi intervención consciente.
Un nuevo idioma -por ello- no se enseña. Se entrena.
Para ahorrar energía, el cerebro encontrará la solución por sí mismo.
