¿SABES OTRO IDIOMA, PERO TE ATRACAS AL HABLAR?

No es falta de conocimiento. Es entrenamiento.

Lo viví en carne propia. Hasta que llegó la pandemia y creé un método para hacer fluidas mis 6 lenguas. Hablar otro idioma es como una nueva coreografía para tu boca y tu lengua. Primero tienen que aprender a moverse diferente. El resto es entrenamiento: casi como un deporte.


Mi actual experimento puede servirte


Hace poco tuve que pasar por el dentista por un control y volví a sentir cierta nostalgia por aprender un nuevo idioma. En la sala de espera había una rusa esperando y parte del personal hablaba griego. De pronto, la mujer rusa encendió una radio en su teléfono sin querer y, como el volumen había sido relativamente alto, se disculpó.

Sucede que hace más de una semana he empezado un experimento -dos en realidad-, así que enseguida dije:
-Eso es ruso.
La mujer asintió y quise contarle del experimento que estoy haciendo, pero apenas hablaba alemán (el idioma del país donde vivo).

El experimento consiste en ponerme a escuchar ruso apenas me levanto. Para el caso he descargado una apli con radios en ese idioma en mi teléfono.

Empecé con 5 minutos diarios, que los junté con mi gimnasia mañanera. Estuve así más o menos una semana, hasta que empecé a reconocer cada vez más palabras, de solo escuchar la radio.

Aclaro que sé unas palabras de ruso, pero solo me servirían para saludar, agradecer y despedirme.

El caso es que poco a poco empecé a reconocer cada vez más palabras y se me ocurrió preguntarle a la IA por su significado (uso varias: desde el Chato Getepé, Google IA, Perplexity y Abacus).

Como el ruso usa otro alfabeto, el primer y acaso mayor escollo es ese: descifrar lo escrito; seguido de otro no menor, pues de nada vale poder leer si igual no sabes lo que significa lo leído.

Por suerte, a pesar de que escribía cada palabra consultada como si fuera de nuestro idioma, la IA podía reconocerla y decirme su significado.

Y ahí empezó otro juego. Literalmente.

Porque entonces ahora ya no solo se trataba de acostumbrar el oído a diferentes voces hablando ruso, sino también de reconocer palabras como si fuera un juego.

Me quedé tan fascinado y he aprendido tanto en tan poco tiempo, que he agregado otro idioma a ese juego: el griego.

El ruso tiene varios sonidos que no existen en nuestro idioma, mientras que el griego puede llegar a parecer castellano (ibérico, por las zetas). De modo que me ha resultado más ‘fácil’ adaptarme a esta nueva lengua.

De hecho, después de dos días ya he empezado a reconocer muchos prefijos, sufijos y raíces del griego que suelen usarse en español.

No tengo la más mínima idea de adónde me lleve todo esto. Pero me estoy divirtiendo, que acaso sea la mejor forma de aprender.

Suerte en mucho.
Holger

PD: El griego lo escucho cuando me voy a duchar, así no tengo que hacer nada especial aparte.

¿tiene sentido «enseñar» un idioma?

Cómo preparar tu cerebro para un nuevo idioma

01

Una buena pronunciación es fundamental

Si bien un idioma tiene tres aspectos principales (el mecánico: encargado de la pronunciación, el auditivo: responsable de la comprensión oral, y el cognitivo, que descifra cómo se organizan las palabras), el método tradicional se concentra en este último, o sea, en la gramática.

Pero si te entrenas para pronunciar bien, entenderás bien también, pues tu cerebro reconocerá los sonidos que él mismo puede producir.

Por el contrario, si pronuncias mal es como si te llamaran por tu nombre mal pronunciado:

No lo reconocerás, como le pasa a muchos en la sala de espera de un médico o de un aeropuerto.

Además, al entrenarte para pronunciar bien, aprenderás automáticamente el vocabulario usado y la gramática correspondiente de tanto usarlos.

02

Tu cerebro necesita errores

Y mientras más, mejor.
Si, además, los errores se realizan en el menor tiempo posible, la eficacia aumenta.
(No es lo mismo practicar cinco tiros con una pelota de básquet al tablero en una hora, que hacerlo en pocos segundos.)

Mis métodos -intencionalmente contraintuitivos- están diseñados siguiendo esa idea.

Así, en un Remedeo de 5 minutos, por ejemplo, se habrán pronunciado 800 palabras, a un ritmo de 180 por minuto. Un número que difícilmente se llega a alcanzar en una clase tradicional.

En otro entrenamiento (que llamo Jazz Oral), se trata de hablar rápidamente y sin pausas, sin preocuparse por los errores, durante 10, 20, 30 o 60 segundos.
De esa forma se entrena al cerebro a recurrir rápidamente al vocabulario ya asimilado y a no concentrarse en los errores.

03

Una máquina que predice sin cesar

El cerebro es una máquina predictora que nunca se detiene.
Y es gracias a sus predicciones y cálculos (apuestas) que podemos movernos sin tener que mirar cada momento dónde pisamos, por ejemplo.

Para ello, el cerebro crea modelos del mundo exterior. Y, para mejorarlos, necesita saber qué no funciona. Y para ello necesita los errores.

Pero, así como para confeccionar la estadística de divorcios de un país es mejor contar con miles de parejas que con solo cinco (todas podrían estar divorciadas), es mejor recurrir a una ingente masa de material (lecturas, videos, audios), para que el cerebro pueda crear y mejorar sus modelos sobre la pronunciación, el vocabulario y la gramática. A mayor masa, mejores predicciones.

Suena intimidante, pero eso es lo que encuentra todo bebé al nacer.

Despierta tu instinto lingüístico

Una rutina mínima como primer paso, es la mejor garantía a largo plazo

cometer errores es la clave

Algunos principios


En la enseñanza tradicional el profesor explica a los alumnos, quienes escuchan pasivamente, sentados.
Con suerte, algo se les quedará en la memoria… si han prestado atención y el tema les interesa.

En los idiomas esta forma de enseñanza es más inefectiva aún, pues, para empezar, si el cerebro necesita errores para aprender, ¿en qué momento de la clase los puede cometer el alumno?

Peor aún, si el cerebro necesita de ingentes datos para poder hacer predicciones y crear modelos, con solo una o dos horas de clase a la semana, apenas lo conseguirá (si no lo ha olvidado ya todo antes).

Si a eso le sumamos el poder de la vergüenza (mucho mayor de lo que se cree: hay quienes esconden su verdadero yo toda su vida para no someterse al escarnio de los demás), ya tenemos por lo menos una explicación de por qué en la escuela o colegio no se aprende un segundo idioma: ¿quién se va a atrever a hablar algo que no domina y sabiendo que se burlarán? (Salvo excepciones, claro. Yo no fui una.)

Por ello, cuando me prometí que mis alumnos alemanes iban a terminar hablando fluidamente mi lengua, traté de concentrarme inicialmente en esos tres puntos:

1) Maximizar el número de errores.

2) Minimizar, a la vez, el tiempo de ejecución, para aumentar la efectividad. (No es lo mismo lanzar 5 veces la pelota a la canasta en una hora, que hacerlo en 1 minuto, por ejemplo.)

3) Cómo ejercitarse a diario, sin que eso suponga tedio ni tiempo robado a otras actividades.

Así llegué a la rutina mínima que recomiendo.

Todos sabemos imitar

Como su nombre lo indica (MoviLinguas): la mejor forma de ejercitarse para mover la lengua de determinadas maneras es ¡ejercitándose en moverla de esas determinadas maneras! Nadie puede convertirse en maratonista mirando videos sobre maratones sentado en un sofá. Lo bueno es que, una vez que lo interiorizas, tú mismo/a empiezas a querer leer o repetir todo, proactivamente, pues ves que funciona y te motiva.

Flexible

El «cuándo» y «dónde» tú lo decides. Pero te recomiendo una rutina (un hábito con una hora y un lugar fijos) como el camino más efectivo para conseguir tu meta. El «qué» también lo decides tú: los videos o audios (pódcast) a elegir. Luego aquí encontrarás cómo proceder con el material elegido.

Adiós vergüenza y timidez

Entrénate en el idioma que deseas aprender, cometiendo el máximo número de errores (la forma en que aprende el cerebro) en el menor tiempo posible (para aumentar la efectividad). Y todo eso sin que nadie te escuche, te juzgue, te mire raro o se ría de ti, pues lo harás a solas. Tu futuro cambiará cuando decidas «salir» a probar lo aprendido. Pero, ojo: nadie es perfecto, así que hay que estar preparados para soportar los momentos de duda e inseguridad. Como en la vida misma.

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